Evacuados de su evacuación diaria

*** Artículo publicado en Periodismo Humano

En Nueva York hay quienes han perdido su casa tras el paso de Sandy, pero también hay quienes no tenían casa antes del huracán y han tenido que ser trasladados de sus propios refugios, donde viven evacuados de la pobreza todos los días. Ana, de 38 años, come con su hija Catherine, de cuatro, en una mesa larga junto a cientos de personas en un shelter, un albergue de la calle 49 para los damnificados. La pequeña, con un pijama de leopardo y zapatillas rosas, apenas abre la boca. Hay dos trozos de pizza fría, dos sándwiches de pan integral con rodajas de zanahoria cocidas, dos mini batidos de chocolate y dos peras. “Está triste desde que estamos aquí. Con lo que le gusta la pizza y no come nada”, cuenta Ana, que va en sandalias a pesar del frío que sube por los huesos.

Ella y su hija fueron evacuadas del albergue donde viven, en la Catherine Street, en el Lower Manhattan, anegado y sin luz. Llevan cuatro días con la misma ropa. No han encontrado nada que les sirva en el mercadillo solidario improvisado en la entrada, distribuido en mesas por sexo y tallas.

“En este centro hay 1.052 personas ahora mismo”, explica Myra, abogada de oficio y voluntaria. El Gobierno de Nueva York ha habilitado 15 shelters distribuidos por todo el territorio. “Nuestras oficinas están cerradas y hemos venido aquí a ayudar”, dice Myra mientras come apresurada una ensalada envasada.

20121105-184030.jpg Ana deja el sándwich y la pera. No sabe si la habrán despedido. Trabaja en un burguer por horas y no ha podido ir en toda la semana porque no tenía con quién dejar a la pequeña: “En el otro albergue la dejo con seguridad con conocidos, aquí no puedo. Me han dicho que los autobuses son gratis y luego iré con la niña a cuestas, pero deberían entender esta situación tan dura”.

Catherine, con una trenza a cada lado, sonríe porque otra mujer evacuada le ha regalado una manta de colores, lápices y témperas, pero sigue sin probar un trozo de pizza. Juega a taparle los ojos a su madre y sonríe todo el tiempo, como si quisiera ocultar a todo el mundo, también a su propia madre, su tristeza. “Una vez, cuando tenía solo dos años y su padre me estaba gritando, le puso un plato en la boca”, recuerda Ana. “No podía asomarme a la calle, ni hablar por teléfono. Lo dejé, sobre todo, por mi hija”, concluye.

Rebuscando entre las montañas de ropa está Carmen, de Honduras. Tiene los labios pintados de rosa claro, pero su cara está descompuesta. “A mí el huracán no me ha dejado sin casa, me ha quitado mi casa el paro”, afirma. Vivía en un apartamento en Queens con cuatro habitaciones hasta hace dos meses, cuando la echaron de un almacén de productos alimenticios al por mayor. Asegura que su marido se fue con otra mujer y había días en los que no tenían ni para comer. Desde entonces vive con su hija, de 13 años, en el mismo refugio que Ana, de donde también fueron evacuadas. “Mi hija no está acostumbrada a vivir en esta situación y los psicólogos me han dicho hoy que si sigue así, la tendrán que internar. Dice que no merece la pena vivir así. Es un drama”, cuenta afligida pero sin lágrimas en los ojos, quizá porque no le quedan.

La mayoría de los evacuados en este centro son personas sin hogar, más visibles que nunca en una Nueva York vacía. La noche previa a la llegada de Sandy, mientras los supermercados se quedaban sin productos en las estanterías, seguían durmiendo en la calle personas liadas en mantas. A la mañana siguiente, esas mismas personas continuaban en las bocas del metro clausuradas o resguardadas en las paradas de autobús desiertas, esperando nada.

Cientos de personas comen y hacen cola para recoger alimentos en el shelter habilitado en la High School of Graphic Arts, en la calle 49 (O.C.)
La cola para recoger la comida es larguísima y serpentea entre las camas de lona verdes y azules tendidas por toda la planta baja de la High School of Graphic Arts, donde se ha habilitado este shelter. En una de las camillas, bajo una manta, guarda una mochila Linda, una señora de 50 años, con abrigo de paño negro hasta los pies y sombrero a juego. Está muy cansada. Ella sí tenía casa y ha perdido todos sus recuerdos en una planta baja del Lower Manhattan. Apenas le salen las palabras. Se siente extraña en ese lugar frío que a ratos recuerda a los salones donde comen los presos y hoy comen sin techos muertos de hambre.

20121105-184257.jpg Linda es pesimista: “La vida es lo más importante, yo la tengo, pero no sé cómo empezar ahora”. Otro evacuado, con barbas blancas y pelo desgreñado, duerme a su lado, como si Sandy no hubiera cambiado nada en su vida.

Más de 50.000 personas duermen en la calle en Nueva York, según los datos de Coalition for the homeless, todos expuestos al huracán. Actualmente además, 46.600 personas sin hogar -incluidos casi 20.000 niños- tienen una cama en un shelter municipal. Estos datos suponen un aumento de más de la mitad de personas sin hogar que hace diez años en la ciudad de los rascacielos.

Las personas en exclusion social siguen planes específicos. Algunos programas del Departamento de Servicios para Homeless incluyen asesoría, capacitación laboral, rehabilitación de salud mental, servicios especializados para veteranos o tratamiento para drogodependientes. Pueden permanecer en estos albergues hasta que encuentran un sitio donde vivir, para lo que también reciben ayuda. Muchos de ellos, sin embargo, consideran que los shelters son las cárceles de los pobres en las que entran y salen constantemente sin ninguna solución. Y mucho más ahora, tras el paso de Sandy, que los ha colapsado.

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Forofos de Obama… que no lo votarán

Peter, nacido en Nueva York hace 43 años, entra en el hospital como Peter por su casa, con una gorra roja puesta del revés. Todo el mundo lo conoce. Lleva la vida entera vendiendo perritos calientes en un puesto heredado de su padre, turco, delante del Community Medical Center, en Jackson Heights, en Queens, barrio afectado por Sandy, eminentemente latino y profundamente demócrata. Él, americano, dice que no va a votar en las próximas elecciones. “Ni Obama ni Romney me van a dar nada mejor que este puesto”, afirma casi a gritos mientras prepara cuatro hot dogs para José, de Puerto Rico, que aunque asegura que las de Peter son las mejores salchichas del barrio, en la política no está de acuerdo con él. “Yo voté por Obama en 2008 y lo volveré a hacer ahora, porque es el único que nos puede ayudar. ¿Que no ha hecho nada en cuatro años? Pues ha hecho mucho y si no ha hecho más es porque los republicanos no le han dejado, como pasó con la reforma migratoria, y por el país destruido que dejaron los ochos años de la Administración Bush, que tiró por el suelo el orgullo de ser americano. Siempre que están ellos hay guerras”, sostiene José.

El voto de los hispanos es determinante para un segundo mandato del presidente de EEUU, quienes ya lo ayudaron hace cuatro años a conquistar estados como Florida, Nuevo México o Nevada. Según los analistas más optimistas, si votaran en masa podrían, in extremis, salvarlo incluso si perdiese Ohio, el Estado sin el que resulta casi imposible ganar. Pero el temor de la campaña de Obama es precisamente ese, que, a pesar del apoyo mayoritario a los demócratas, los hispanos se queden en casa y no acudan a votar. La ilusión por el candidato negro de 2008 ya no mueve montañas en un grupo tradicionalmente abstencionista al que se suma ahora, además, el efecto del huracán.

Es el caso de Graciela, de 60 años, que sale con su marido, Ernesto, de una consulta del hospital. “Yo soy demócrata y apoyo a Obama porque ha dicho que volverá la manufactura, nos va a dar trabajo, pero no sé si iré a votar, si mi marido me llevará”, cuenta mirándolo. Ella necesita ayuda para caminar. Son de Bolivia y llevan 38 años en EEUU. “El otro (Romney) solo está con los ricos. ¡Él es rico! Y está contra los que hemos venido aquí a buscarnos un poquitito mejor la vida”, continúa mientras el marido susurra “venga, que sí, que yo te llevo a votar”. Pura, limpiadora del hospital desde hace siete años, dominicana, también está con Obama, pero tampoco recibirá su voto. “Yo estoy con mi negrito, él es el único que puede hacer algo por los que estamos abajo, tiene que ganar, pero no quiero ir a votar porque luego me llamen para la Corte, para ser jurado, y no quiero, no quiero eso ni perder un día de trabajo”, dice.

20121103-202332.jpg Según un estudio de Pew Hispanic Center, el 69% de los votantes latinos registrados prefieren a Obama frente al 21% que se decanta por su rival republicano y expresan además una satisfacción creciente sobre el estado de la nación y su situación económica. Elisabeth, de 25 años, de El Salvador, espera en la consulta de ginecología. Está embarazada. Su barriga no es muy grande, pero asegura que está casi de nueve meses. Antes de su embarazo trabajaba en una cafetería en Manhattan. Está contenta como vive y con Obama -“mi presidente”, dice ella-. “Daré a luz en unos días más o menos, así que no podré votar”, explica. Rosa, de República Dominicana, camina con muletas. Es diabética y tiene problemas de corazón. También va con los demócratas “desde siempre”, pero no cree que nadie la pueda acompañar.

Casi 24 millones de hispanos pueden hacerlo, cuatro millones más que en 2008, cuando Obama consiguió el 67% de los apoyos frente al 31% que logró el republicano John McCain. Según el citado estudio, el 61% de los hispanos consideran que los demócratas se preocupan más por sus problemas frente al 45% de los que lo creían hace un año. A escasos metros del hospital, Zoila, de Perú, busca un regalo para su nieto en una librería. Defiende con fervor a Obama y, en mitad de su discurso, cuenta que admira también a Fidel Castro. A ratos desconfiada, abre el bolso para mostrar sus papeles. “Estoy en regla”. Tiene 85 años, diez hijos y se fue de Perú a California para ayudar a una de sus hijas. “He venido a Nueva York porque aquí vive otra hija mía y se va a casar mi nieto, vengo a su boda”. Otro voto pro Obama tirado por la borda.

De Times Square a Coney Island

El viaje desde Times Square a Coney Island congela el alma. No hay metro. El autobús de la 57 con Lexington va hasta arriba. Sale a las diez y cuarto y llega casi una hora después a la Jay Street, en Brooklyn, donde sí han comenzado a operar algunos tramos locales. Los policías y los trabajadores públicos están por todos lados, ayudando a muchas personas desorientadas. Es como un día de puertas abiertas bajo el suelo. Hay poca gente esperando la línea F, que termina tres paradas antes de su última estación: Coney Island, una de las zonas cero del huracán.

Tras cinco minutos de espera, el vagón se mueve. Más lento de lo habitual. Nadie sube en Bergen Street. En Carroll St entran tres chicas y sale un chico. El tren pasa a la superficie. Se ve otra Nueva York, se ven los tejados de otra Nueva York y otro cielo, siendo el mismo cielo. Hay agua encharcada en lo alto de las fábricas, en techos baldíos. En la 9 Avenue bajan rescoldos de Halloween, una niña con gorro de bruja mala. En la 7 se queda un grupo y sube un hombre, con su café y un lector de libros. Un negro lee el Daily News. Un blanco con zapatos relucientes y maletín manosea su Ipad. Nadie sube ni baja en la 15. El metro avisa: si se te cae algo a la vía, déjalo. 15.146 personas fueron atropelladas el año pasado. 47 muertas. En Ditmas Avenue, el tren vuelve a subir a la luz. A un lado, duerme un cementerio de buses escolares amarillos. Y a los pocos minutos, el tren pasa entre un cementerio de verdad. La X Avenue es la última parada. Falta media hora larga caminando.

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Coney Island parece un desguace, un taller al aire libre de coches ahogados. Lana, una mujer rubia con cejas pintadas de rojo, vive en un séptimo de la Surf Avenue, casi en primera línea de playa. Su casa ha resistido, pero lleva secando su coche tres días. Limpia los asientos con una bayeta empapada. De momento no ha intentado arrancarlo y no sabe si funcionará. Es rusa y vive desde hace tantos años que no se acuerda en esa otra Nueva York. “Aquí estamos preparados para enfrentarnos a los huracanes, esto es seguro, lo que pasa es que cuando vienen no hay nada que hacer, lo arrasan todo y no es por falta de medios, esto es horrible, una tragedia”, dice metida en un voluminoso chaquetón de plumas. No sabía que habían restablecido parte de las líneas del metro. En la misma avenida decenas de trabajadores intentan recomponer locales anegados. Los colchones y los muebles nuevos de una tienda de decoración parecen sacados de un estercolero. “Recuperar todas estas perdidas y los días de trabajo nos va a costar años”, lamenta un hombre mientras saca los trastos ya viejos.

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Al lado, un pub discoteca ha tirado todos los taburetes fashion a la calle. Por dentro, hecho trizas. Las calles están llenas de barro y decenas de camiones recogen escombros. Con motosierras, otro grupo de operarios corta las ramas a los árboles. “¡Ha pasado un monstruo!”, grita uno de ellos, latinoamericano. La arena ha cubierto todas las entradas de un bloque de viviendas pegado al mar, enterrado casi un metro. Catherine está tan destrozada como su casa, a la que acaba de volver después de la evacuación. “Ni muebles, ni ropa… Lo he perdido todo. ¿Que ahora qué? No sé qué voy a hacer ahora”, susurra apartando la vista, mirando al mar. Apenas hay olas. Un avión surca en ese momento el cielo.

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20121101-201254.jpg Michael descansa sentado en un camión junto a otro compañero, también Michael. “Quedan muchos días todavía por delante para poder volver a la normalidad, si es que podemos”, asegura el primer Michael, un alemán que no sabe quién es Angela Merkel. Llevan día y noche sacando agua y retirando arena. Louis y su vecino desempañan todos los cristales de los bajos. La marca de agua, de casi dos metros, se ha quedado grabada en la pared. En una parada de autobús espera Rose, una chica de 25 años. Vive en un cuarto y su casa está bien, pero ha perdido toda la semana de trabajo, su sustento. “Y he pasado mucho miedo”, añade. Una noria de un parque de atracciones permanece quieta entre escombros, a la espera, quizás, de poder empezar de nuevo a dar vueltas.

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Domingo en Manhattan

Se levantó a las seis. Cruzó el puente de Queens caminando y allí cogió un taxi (un carro, dice él) que lo llevó hasta el Gourmet New York, en la Octava con la 43, donde trabaja. Es uno de los pocos lugares abiertos para tomar un café por la mañana. En Midtown, donde nadie duerme, parece domingo por segundo día consecutivo. Hoy es martes. Los Starbucks siguen cerrados, pero la gente, ensimismada en sus teléfonos, se arremolina en sus puertas en busca del wifi, que sí estaba abierto. Unas 40 personas se agrupan frente a una tienda de zapatos Aldo. Como si hubiera rebajas. Un cartel informa de que estarán abiertos de 11.30 a 12. Media hora. En la 29, una pantalla gigante, a la espalda de un edificio, emite en directo información sobre Sandy. Muertos, inundaciones, los mayores daños en New Jersey. No paran de pasar coches de bomberos y policías. La bulliciosa Broadway está callada. En el St James Building, en el 1133, apenas nadie sube en los ascensores. Los semáforos dejan de funcionar después del Flatiron Building. Es la primera señal que anuncia el paso a zona sin luz.

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“Sandy, you aren’t welcome”, reza un panel que tapia una tienda de sandwiches en la Greenwich Avenue. Un trabajador quita la protección. Dice que no entró agua y que abrirá esta noche. En la estación de metro de la 4st y Washington Square esperan unos 30 operarios. Cuentan que no hay luz y que se van a trasladar a otras bocas de Brooklyn. “No sabemos cuándo abrirá de nuevo porque hay bastante agua dentro”, explica uno de ellos. En el Starbucks que hay de esquina en Houston con Broadway ya no hay wifi. Las calles del Soho están desiertas. El lujo también cierra. Las galerías, las boutiques de vestidos caros… Aaron, sin embargo, no puede permitirse el lujo de hacerlo. Su tienda, atiborrada de ropa al estilo bazar chino, está a oscuras. Dice que anoche permaneció abierta hasta las ocho e invita a comprar a los pocos que pasan. Por supuesto, sólo cash. Ahí no llegó el agua. En el escaparate de la tienda Sportmax, unos maniquíes de chicas llevan cubiertos los pies con plásticos. Muy cerca, un par de señores toman unos mojitos.

20121031-005542.jpg “Open coffe! Open coffe!”, grita el camarero de un deli, junto a la Linspenard Street. Ingenio contra la falta de luz, ideas para no perder ni un día de trabajo. Se ha inventado una cocina de carbón en la calle. Sobre un carrito metálico de repartir periódicos The New York Times ha colocado una maleta. Dentro, el carbón. Y encima, unas grandes latas negras donde hierve el café. Como en las matanzas de los pueblos. Cuando se pone el agua a hervir para limpiar las tripas. En Nueva Orleans, tras el Katrina, nos dijo un señor a un grupo de amigos: “No sabíamos que éramos pobres”. Hoy he visto más mendigos que nunca. O quizás me haya fijado más. En las bocas del metro y esperando el autobús, que nunca llega para ellos.

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Decenas de operarios sacan agua de la zona del World Trade Center. El memorial de las víctimas también está cerrado. Wally es todo grande, lleva un uniforme naranja, unas enormes gafas de plástico y niega con la cabeza: “Esto no ha sido nada, nada que ver con el 11-S”. Es de Jamaica, lleva 30 años en Nueva York y trabaja como vigilante de seguridad donde antes se levantaban las Torres Gemelas. Las botas se calan. Hay agua por todos lados. Los edificios están custodiados por sacos de arena, muchos mojados. Algunos parecen trincheras. Hay cristaleras rotas, toldos desenganchados, árboles arrancados de raíz. “Ya ha acabado. Estamos limpiando”, dice un operario mientras pasa sacos en cadena a otros operarios. Están contentos. Ríen. Las rejillas del metro todavía están precintadas. Aquí y en Battery Park, las grúas se llevan ya los bloques de hormigón que actuaban como barreras. Hay mucha gente trabajando en la calle para que vuelva a ser pronto lunes en Nueva York.

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Hoy, las aguas del Hudson están tranquilas. Al fondo emerge la Estatua de la Libertad, ajena a esta Sandy y a todas las Sandys del mundo. Un señor coloca la bandera de los EEUU en un balcón de Wall Street. Otro limpia los cristales de una de las puertas por dentro. No hay números en esta bolsa. Hoy no hay mercados. Alemania no perdona y, a pocos metros, el Deutsche Bank sí está abierto. Estoy en la otra punta de la ciudad y los taxis van llenos. Por fin para uno. Al minuto, vuelve a parar y suben un niño de 15 años y sus abuelos, alemanes. Alemania y España saliendo de Wall Street. En el coche voy pasando de la noche del Lower Manhattan al día de Midtown. “Good morning”, leo en un letrero luminoso de Times Square. Ya hay un Starbucks abierto -inundado de ordenadores, Ipad y smartphones- y muchas tiendas que hace solo unas horas estaban cerradas.

De procesión por Manhattan… con Sandy

Camino por la Octava Avenida, de vuelta a casa para comprar provisiones. Una camarera cuelga un cartel en un Starbucks: “Due to Hurricane Sandy, we will be closing at 3 p.m. We apologize for the inconvenience. Stay safe and dry!”. Son las tres menos cuarto. La gente continúa aparentemente normal dentro de las cafeterías, con sus ordenadores, teléfonos y Ipads, pero se comienza a ver, o a sentir, un paisaje distinto fuera: decenas de personas cargan a dos manos bolsas de plástico llenitas hasta arriba. Los transportes públicos dejan de funcionar a las siete de la tarde y Obama está a punto de declarar el estado de alerta en Nueva York. Comienzo a pensar que, como la vida, va a resultar que esto también iba en serio. Y sigo hacia el súper con más diligencia. De repente, empiezo a oler a incienso, y a escuchar cornetas y tambores. Estiro un poco la cabeza para ver si veo algo más entre las manadas de personas y los taxis amarillos, y veo un ¡paso de Semana Santa!, con sus flores y su cristo, entre los rascacielos. ¿Pero esto no pasaba sólo en Sevilla? Con todo el arte del mundo, el Cristo se pasea por la Gran Manzana, un 28 de octubre. Ni Sandy ni Sanda. Lo llevan costaleros al hombro, todos hombres, vestidos con túnicas moradas, con capa, sin capirote, con corbatas. Las mujeres, con mantilla blanca, rezan cantando. Es el Cristo de los Milagros, de la hermandad peruana de Nueva York.

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Sale desde hace 41 años en Manhattan, muy cerquita de Times Square, todos los cuartos domingos de octubre. Lo sacan de su parroquia, la de San Benito, en la calle 53, pasean por la Novena hasta la 49, y suben por la Octava hasta llegar de nuevo a la iglesia. La Policía de Nueva York dirige el tráfico y tiene cortado sólo el carril por donde circula la procesión. La hilera de gente que acompaña al señor va acotada por una soga, para que nadie salga a la zona por donde pasan los coches. Los costaleros no saben qué son los costaleros. “¡Ah!, aquí nos llamamos cargadores”, dice Mario, que lleva 24 años en Nueva York. Ahora está descansando. Se van turnando por grupos. Son diez cuadrillas de entre 30 y 40 hermanos (que no hermanas) cada una. “He conseguido aquí lo que no pude tener en mi país”, cuenta con los ojos llorosos, mirando al cristo. Le hablo del Gran Poder y de La Macarena y de los llantos de sus hermanos cuando la lluvia les impide salir. “Aquí no recuerdo ninguna vez que no haya salido. Hoy terminaremos dos horas antes por el huracán”, añade José, también cargador. ¿Cómo se llama?, le pregunto a otro hombre también vestido de morado. “Cristo de los Milagros”, responde. Me refería a usted, le digo. Suelta una carcajada. “Cristian, yo soy Cristian”. También se emociona recordando su país. Me mira a los ojos y dice: “La fe que yo tengo es más grande que ese rascacielo”.

“¡No nos vamos a suicidar!”

Los gritos por la situación de España, por la muerte de personas intentando cruzar a una vida mejor, por el hallazgo de un hombre ahorcado cuando iba a ser desahuciado en Granada… se escucharon estos días con fuerza en un rincón de Manhattan. “Lo que no vamos a hacer es suicidarnos todos, porque quizás eso es lo que quieren, que nos suicidemos. Que miles de millones de personas nos suicidemos. ¡Pues no, no nos vamos a suicidar!”, exclamó Pilar del Río, la presidenta de la Fundación José Saramago, en la apertura de la semana dedicada al Nobel portugués en Nueva York, organizada por el Art Institute. “Me niego al llanto y a la depresión”, sostenía la andaluza en la película José y Pilar, estrenada en Ronda (Málaga) en 2010 y proyectada el pasado jueves en el Angelika Film Center. Dos años más tarde, con el mundo hecho pedazos, continúa creyendo en lo mismo: “Si tenemos fuerza para combatir, si tenemos fuerza para que eso no ocurra, para denunciar que no puede seguir ocurriendo, evitaremos la depresión ante noticias tan tristes como las que nos está dejando la crisis económica, una crisis moral según Saramago”, añadió.

Con un público hipnotizado por la fuerza, la rebeldía y la honestidad de esta mujer que no tuvo ningún reparo en explicar que prefería a Hillary Clinton a Barack Obama -“Sigo pensando que ella hubiera estado muy bien en la presidencia de EEUU y sigo proponiéndola”-, Pilar del Río desgranó la esencia que impregna los 90 años que cumplirá Saramago el próximo 16: conciencia, ética, moralidad y ciudadanía. “Tenemos el deber de pedir que se cumplan los derechos humanos”, insistió a los asistentes, entre ellos, la exministra socialista Bibiana Aído. “¿Con quién habla y discute ahora?”, le preguntó un señor. “Te encuentras a mucha gente, tienes muchas conversaciones en el día, pero no hay muchos Saramagos en la vida”, concluyó.

Ahora, como en el 84 cumpleaños celebrado en la película, también le prepara una sorpresa: la Fundación convertirá el 16 de noviembre en el Día del Desasosiego -“Escribo para el desasosiego”, dice Saramago en la película-. “Es una copia del Bloomsday en Dublín con el Ulises de Joyce”, avisa Pilar del Río, que realizó con Saramago el recorrido. En este caso será en Lisboa con los lugares de El año de la muerte de Ricardo Reis. “Queremos celebrar la coherencia y el humanismo de un joven que cumplirá 90 años en unos días”, dijo. Una coherencia, subrayó, ya vislumbrada en Claraboya, el libro póstumo que escribió en su veintena. Antes de la alerta por el huracán Sandy, el ciclo en Nueva York tenía previsto continuar con lecturas, debates y exposiciones sobre el autor en el Instituto Cervantes y la Poets House.

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Cieno de números y leyes

Miguel Domingo ha muerto. En el barrio de La Chana, en Granada. Con esta noticia me desperté esta mañana en Nueva York, abatida, después de dormirme escuchando a Obama decir que España lo había hecho muy mal. Ya no importa qué ha pasado, si los de aquí o los de allá se equivocaron. ¿Saben los gobernantes, las agencias de calificación, los mercados… quién es Miguel Domingo? Esta mierda no parará hasta que quienes están ahí arriba jugando con nuestros destinos se enteren de verdad quiénes son todos los Miguel Domingo o todos esos inmigrantes que se han ahogado en busca de un poco de vida en el mar de Alborán. “Los primeros que salen comprenden con sus huesos que no habrá paraísos ni amores deshojados; saben que van al cieno de números y leyes, a los juegos sin arte, a sudores sin fruto”, decía el también granadino Lorca en La aurora de Nueva York.

El Nobel de la Paz se olvida del Nobel de la Paz

Libia, Siria, Israel, Pakistán, Afganistán, Egipto, China, Rusia… ¿Y qué pasa con Grecia? ¿Con España? ¿Con Portugal? ¿Qué puede hacer EEUU por los cientos de miles de personas que intentan sobrevivir a una guerra llamada crisis? Ni el presidente, Barack Obama, ni el candidato republicano, Mitt Romney, mencionaron durante el último debate electoral una sola palabra sobre el viejo continente. El Nobel de la Paz Obama olvidó al nuevo Nobel de la Paz Europa. Y de Guantánamo, claro, para qué seguir hablando.

La imagen

15.11 horas. Irrumpe una llamada. Canal+ me propone contestar a una encuesta sobre los servicios que tengo contratados con su empresa. Lo que no me hizo colgar el teléfono, por las horas a las que llamaron, fue que me dijeron que me regalarían una película. Y como he visto cuatrocientasmilveces Criadas y señoras -que está muy, muy bien pero la repiten sin parar- pensé, pues mira, igual así veo otra distinta. A medida que me preguntaban -cómo nos has conocido, qué te gusta más, ¿has contratado antes con otras empresas?…- sentía más hambre, sopor y ganas de colgar. Hasta que me despertó la siguiente cuestión: “Evalúa de 0 a 10 la imagen del instalador” (entendiendo por instalador el técnico que vino a colocar el aparato). ¿Cómo? ¿Qué? No voy a evaluar eso, les dije. Creo que no entendieron la respuesta e insistieron: “Sí, si iba limpio… la imagen…”. Me niego a evaluar eso, les volví a decir. “Ah, pues buenas tardes”. Y colgaron. Pues esa es la imagen que dan ciertas empresas que tanto se preocupan por la imagen.