19 de abril. 11 de la mañana. Oficina del paro.

Acto I: Una señora de unos 50 años intenta hacer un trámite por internet en un ordenador de la sala. No sabe manejar la máquina y pide ayuda a una empleada, que lleva charlando diez minutos con una compañera. La oficina está casi vacía. Es la feria de Sevilla. La empleada se acerca a la mujer de 50 años, mira la pantalla del ordenador y dice: “Yo no soy del Sepe. Soy del Sae”. Y se vuelve a charlar con su compañera. De sus cosas. La mujer se queda con cara de: “¿Que no eres de qué? ¿Que eres de dónde?”. Y ni el Sae, ni el Sepe ni Dios se acerca a ayudarla.

Acto II: “Perdone, tengo cita a las once y media. Pero me han puesto una entrevista de trabajo a las doce. ¿Me puede atender en un momento ahora?”, suplica un hombre suramericano a un empleado de la oficina. “Ahora no puedo, salgo a desayunar. Venga a las once y media y le atiendo sin retrasos”, le responde. El hombre agacha la cabeza, aguarda unos segundos sin saber qué otra cosa hacer y cuando vuelve a subir la cabeza, el empleado ya no está.

Acto III: El guarda de seguridad indica a una chica que tiene que pedir cita por internet. “¿Tengo que pedir cita?”, le pregunta. “Sí, a ver si hay suerte y te dan cita para hoy”, le responde. “¡Pero si no hay nadie!”, insiste la chica, que opta por reírse ante esa situación absurda. “Mira, para ahora a las once te la dan”, resuelve contento el guarda. Veinte minutos después, su nombre sigue sin salir en la pantalla. “¿Todavía no has pasado? ¿Perteneces seguro a esta oficina?”, pregunta el guarda, ahora sí sorprendido ante el retraso. Se acerca a las empleadas y, unos minutos después, la chica lee su nombre en la pantalla. “Niña, te tengo que dejar, si cambiáis de planes o lo que sea me avisáis, ¿vale? O si vais por la noche”, dice con el teléfono fijo pegado a la oreja la empleada que la va a atender. Dos minutos después, la empleada sigue con el teléfono en la oreja. “Vale, vale. Pues sí vais me avisas. Te tengo que dejar. Hasta luego”. Y cuelga. Por fin.

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