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Son las diez de la mañana. Doblan las campanas en Gerena, donde hace 75 años fueron fusiladas 17 mujeres inocentes, las 17 rosas andaluzas. Salen a la calle con dignidad, una a una, metidas en sus cajitas: Eulogia Alanís García, Ana María Fernández Ventura, Antonia Ferrer Moreno, Granada Garzón de la Hera, Granada Hidalgo Garzón, Natividad León Hidalgo, Rosario León Hidalgo, Manuela Liánez González, Trinidad López Cabeza, Ramona Manchón Merino, Manuela Méndez Jiménez, Ramona Navarro Ibáñez, Dolores Palacios García, Josefa Peinado López, Tomasa Peinado López, Ramona Puntas Lorenzo y Manuela Sánchez Gandullo. Suben a dos coches fúnebres. Ocho en el primero, nueve en el segundo. Están tranquilas. Se sienten acompañadas, queridas.

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Decenas de coches escoltan a las 17 rosas hasta Guillena, su pueblo, donde los falangistas las pelaron, las obligaron a tomar aceite de ricino y las pasearon después de llevarlas a misa. De eso hace, repito, 75 años. Hoy vuelven a pasear por la misma calle Real donde fueron humilladas. Pero hoy lo hacen sin miedo, con la cabeza bien alta y animadas por los gritos espontáneos de ¡Viva la República!

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A las once y media llegan al cementerio, repleto de familiares, amigos y vecinos. Escuchan a sus hijos, nietos, hermanos, sobrinos… Y al niño de ocho años, hoy con 83, que las vio morir como animales. Poemas, palabras, canciones… “Yo he llorado ya todo lo que tenía que llorar”, dice Antonia, hija de Ramona, mientras se limpia los ojos con un pañuelo.

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Las 17 rosas, amontonadas durante 75 años en un agujero, entran en sus nichos, cada una en uno, todas unidas en un panteón. Están orgullosas de haber muerto por defender la libertad y se despiden de su pueblo con un mensaje: esto solo tiene un nombre, amigos. Esto se llama justicia.

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