Aquella noche, hace ya más de dos años, fue como las flores que compramos en la Alfalfa Mónica y yo para preparar la gran boda en casa: blanca, limpia, hermosa. Como el amor de los que iban a casarse por el rito inventado de un cura mitad rabino, mitad gitano, mitad palestino, mitad chicarrón del norte. Así fue la noche, como las ganas de estos dos novios por comerse el mundo. Como su sentido de la amistad. Como su pasión por el oficio. Así fue la noche. Como la novia, como Carmen Rengel. El cariño estalló en aquella terraza improvisada -o dio un explotío, como bromeó Patri- hasta convertirse en risa nerviosa. Y en alguna lagrimilla. Y en besos. Y en miradas fugaces. Y en palabras tiernas como las de Parra o versos lindos como los de Manuela. Y en admiración, mucha admiración, como la que demostraron sentir por ella Manolo y María mientras sonaban Paco Ibáñez o el “Yo no quiero un amor civilizado” de Sabina.

No recuerdo cuándo fue la primera vez en mi vida que hablé con Carmen. Pero nunca olvidaré la primera conversación que mantuve con él, con su chico, con Miguel Ángel. Fue en Barcelona. Julio de 2008. Springsteen estaba a punto de salir a darlo todo. “¿Y te gustaría ir a vivir a Sevilla?”, le pregunté absurdamente. “A mí me gusta ella”, me respondió de golpe. No necesité más palabras para saber que, en pocos meses, Carmen se iría a Jerusalén, como siempre había querido.

Y ahí está, sin dejar de pelear un solo día por su sueño. Sus crónicas en Gaza han sido impresionantes, rigurosas y cercanas, como todo lo que hace. Como las grandes historias que contó sin salir de Sevilla. Lo impresionante de Carmen, la lección que nos da Carmen, lo que nos demuestra Carmen Rengel cada día, además de que el periodismo todavía es un oficio lleno de dignidad, es que los sueños… sueños no son. Que son reales si uno los agarra y no los suelta. Gracias, querida Carmen.

*La foto es de la también grande Laura León.

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