Seis de noviembre de 2012. Una mujer coreana se acerca a una montañita de periódicos, sobre el suelo, en una esquina helada de Central Park. “Obama takes oath, and nation in crisis embraces de moment”, lee en la portada del New York Times. ¡Las elecciones son hoy!”, dice gritando, sin dar crédito, y se va. A Emilio, un yugoslavo que vende banderas de todo el mundo -Palestina incluida-, no le da tiempo a explicarle que es el periódico de hace cuatro años. “Así cogió Obama el país, destruido por Bush, en crisis”, cuenta de forma serena. El New York Times de entonces costaba 1,5 dolares, uno menos que ahora. A diez los vende Emilio, amarillentos y camino de convertirse en reliquias -como el iphone 3 anunciado dentro-. Los compró entonces pensando en hoy.

20121107-005139.jpg Emilio tiene una barba blanca de pico larga, unas gafas colgadas al cuello y un pen, y lleva un pañuelo palestino y una gorra de Obama. Cuatro años más para Obama. “Este no es Bush, que sólo quiere el poder por el poder. Hay una serie de gobernantes que están como drogados del poder. Son unos dictadores, como Hitler, y como tantos otros dictadores de África puestos por estos gobernantes de EEUU que exportan esa adicción de poder”, continúa y suelta una carcajada. ¿Conoce a Franco? “Sí, el generalísimo, un fascista”, responde. “Obama no, Obama ayuda a la gente, y estoy contento porque va a ganar”, concluye.

A Emilio lo detiene la policía bastantes veces por vender banderas en la calle, cuando en realidad lo que hace siempre es vender las bondades de Obama. “Pero este es mi trabajo”, dice. Y antes de comenzar su jornada se fue a su colegio electoral de Queens, donde vive, y votó por el presidente. Saca orgulloso el resguardo de su cazadora roja, abrochada hasta arriba. “Yo sé que va a ganar, tiene que ganar”, insiste. Hoy ha vendido menos New York Times viejos que chapas e imanes de Obama. Un señor se acerca y compra dos banderas de cuatro dólares cada una, medianas: la de EEUU y la de Japón. No está muy de acuerdo con la gestión de Obama ni el discurso de Emilio y se va.

El frío se mete por los huesos y Emilio se encorva con dolor de espalda. Pero instantáneamente vuelve a hablar de su presidente. Cree en pocas cosas salvo en Obama. Sonríe irónicamente cuando escucha que Armstrong pisó la Luna. “La gente se lo cree todo únicamente porque sale en la tele o lo escucha en la radio. ¿Como la invasión marciana de Orson Welles? “Exacto”, grita. “Aquí las teles están diciendo que Nueva York está destruido, pero ¿tú ves destrucción?”, pregunta atusándose la barba. Su teoría es que cancelaron el maratón para que el mundo no viera que Manhattan vive encendida y gastando dinero en las tiendas lujosas de la Quinta. “Me gusta todo de Obama pero no ese punto Orsonwelles”, añade riendo. El año pasado, ese mismo domingo maratoniano, ganó 600 dólares vendiendo banderitas. El pasado domingo, no consiguió ni 50. Mañana no trabajará: “Va a hacer un día infernal de lluvia y nieve, me quedaré en casa celebrando la victoria”. Porque como todos sabemos, Obama, a pesar de las predicciones eruditas, volvió a ganar. Emilio no se equivocó. Lo mejor está por venir, gritó por la noche su presidente.

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