Peter, nacido en Nueva York hace 43 años, entra en el hospital como Peter por su casa, con una gorra roja puesta del revés. Todo el mundo lo conoce. Lleva la vida entera vendiendo perritos calientes en un puesto heredado de su padre, turco, delante del Community Medical Center, en Jackson Heights, en Queens, barrio afectado por Sandy, eminentemente latino y profundamente demócrata. Él, americano, dice que no va a votar en las próximas elecciones. “Ni Obama ni Romney me van a dar nada mejor que este puesto”, afirma casi a gritos mientras prepara cuatro hot dogs para José, de Puerto Rico, que aunque asegura que las de Peter son las mejores salchichas del barrio, en la política no está de acuerdo con él. “Yo voté por Obama en 2008 y lo volveré a hacer ahora, porque es el único que nos puede ayudar. ¿Que no ha hecho nada en cuatro años? Pues ha hecho mucho y si no ha hecho más es porque los republicanos no le han dejado, como pasó con la reforma migratoria, y por el país destruido que dejaron los ochos años de la Administración Bush, que tiró por el suelo el orgullo de ser americano. Siempre que están ellos hay guerras”, sostiene José.

El voto de los hispanos es determinante para un segundo mandato del presidente de EEUU, quienes ya lo ayudaron hace cuatro años a conquistar estados como Florida, Nuevo México o Nevada. Según los analistas más optimistas, si votaran en masa podrían, in extremis, salvarlo incluso si perdiese Ohio, el Estado sin el que resulta casi imposible ganar. Pero el temor de la campaña de Obama es precisamente ese, que, a pesar del apoyo mayoritario a los demócratas, los hispanos se queden en casa y no acudan a votar. La ilusión por el candidato negro de 2008 ya no mueve montañas en un grupo tradicionalmente abstencionista al que se suma ahora, además, el efecto del huracán.

Es el caso de Graciela, de 60 años, que sale con su marido, Ernesto, de una consulta del hospital. “Yo soy demócrata y apoyo a Obama porque ha dicho que volverá la manufactura, nos va a dar trabajo, pero no sé si iré a votar, si mi marido me llevará”, cuenta mirándolo. Ella necesita ayuda para caminar. Son de Bolivia y llevan 38 años en EEUU. “El otro (Romney) solo está con los ricos. ¡Él es rico! Y está contra los que hemos venido aquí a buscarnos un poquitito mejor la vida”, continúa mientras el marido susurra “venga, que sí, que yo te llevo a votar”. Pura, limpiadora del hospital desde hace siete años, dominicana, también está con Obama, pero tampoco recibirá su voto. “Yo estoy con mi negrito, él es el único que puede hacer algo por los que estamos abajo, tiene que ganar, pero no quiero ir a votar porque luego me llamen para la Corte, para ser jurado, y no quiero, no quiero eso ni perder un día de trabajo”, dice.

20121103-202332.jpg Según un estudio de Pew Hispanic Center, el 69% de los votantes latinos registrados prefieren a Obama frente al 21% que se decanta por su rival republicano y expresan además una satisfacción creciente sobre el estado de la nación y su situación económica. Elisabeth, de 25 años, de El Salvador, espera en la consulta de ginecología. Está embarazada. Su barriga no es muy grande, pero asegura que está casi de nueve meses. Antes de su embarazo trabajaba en una cafetería en Manhattan. Está contenta como vive y con Obama -“mi presidente”, dice ella-. “Daré a luz en unos días más o menos, así que no podré votar”, explica. Rosa, de República Dominicana, camina con muletas. Es diabética y tiene problemas de corazón. También va con los demócratas “desde siempre”, pero no cree que nadie la pueda acompañar.

Casi 24 millones de hispanos pueden hacerlo, cuatro millones más que en 2008, cuando Obama consiguió el 67% de los apoyos frente al 31% que logró el republicano John McCain. Según el citado estudio, el 61% de los hispanos consideran que los demócratas se preocupan más por sus problemas frente al 45% de los que lo creían hace un año. A escasos metros del hospital, Zoila, de Perú, busca un regalo para su nieto en una librería. Defiende con fervor a Obama y, en mitad de su discurso, cuenta que admira también a Fidel Castro. A ratos desconfiada, abre el bolso para mostrar sus papeles. “Estoy en regla”. Tiene 85 años, diez hijos y se fue de Perú a California para ayudar a una de sus hijas. “He venido a Nueva York porque aquí vive otra hija mía y se va a casar mi nieto, vengo a su boda”. Otro voto pro Obama tirado por la borda.

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