El viaje desde Times Square a Coney Island congela el alma. No hay metro. El autobús de la 57 con Lexington va hasta arriba. Sale a las diez y cuarto y llega casi una hora después a la Jay Street, en Brooklyn, donde sí han comenzado a operar algunos tramos locales. Los policías y los trabajadores públicos están por todos lados, ayudando a muchas personas desorientadas. Es como un día de puertas abiertas bajo el suelo. Hay poca gente esperando la línea F, que termina tres paradas antes de su última estación: Coney Island, una de las zonas cero del huracán.

Tras cinco minutos de espera, el vagón se mueve. Más lento de lo habitual. Nadie sube en Bergen Street. En Carroll St entran tres chicas y sale un chico. El tren pasa a la superficie. Se ve otra Nueva York, se ven los tejados de otra Nueva York y otro cielo, siendo el mismo cielo. Hay agua encharcada en lo alto de las fábricas, en techos baldíos. En la 9 Avenue bajan rescoldos de Halloween, una niña con gorro de bruja mala. En la 7 se queda un grupo y sube un hombre, con su café y un lector de libros. Un negro lee el Daily News. Un blanco con zapatos relucientes y maletín manosea su Ipad. Nadie sube ni baja en la 15. El metro avisa: si se te cae algo a la vía, déjalo. 15.146 personas fueron atropelladas el año pasado. 47 muertas. En Ditmas Avenue, el tren vuelve a subir a la luz. A un lado, duerme un cementerio de buses escolares amarillos. Y a los pocos minutos, el tren pasa entre un cementerio de verdad. La X Avenue es la última parada. Falta media hora larga caminando.

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Coney Island parece un desguace, un taller al aire libre de coches ahogados. Lana, una mujer rubia con cejas pintadas de rojo, vive en un séptimo de la Surf Avenue, casi en primera línea de playa. Su casa ha resistido, pero lleva secando su coche tres días. Limpia los asientos con una bayeta empapada. De momento no ha intentado arrancarlo y no sabe si funcionará. Es rusa y vive desde hace tantos años que no se acuerda en esa otra Nueva York. “Aquí estamos preparados para enfrentarnos a los huracanes, esto es seguro, lo que pasa es que cuando vienen no hay nada que hacer, lo arrasan todo y no es por falta de medios, esto es horrible, una tragedia”, dice metida en un voluminoso chaquetón de plumas. No sabía que habían restablecido parte de las líneas del metro. En la misma avenida decenas de trabajadores intentan recomponer locales anegados. Los colchones y los muebles nuevos de una tienda de decoración parecen sacados de un estercolero. “Recuperar todas estas perdidas y los días de trabajo nos va a costar años”, lamenta un hombre mientras saca los trastos ya viejos.

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Al lado, un pub discoteca ha tirado todos los taburetes fashion a la calle. Por dentro, hecho trizas. Las calles están llenas de barro y decenas de camiones recogen escombros. Con motosierras, otro grupo de operarios corta las ramas a los árboles. “¡Ha pasado un monstruo!”, grita uno de ellos, latinoamericano. La arena ha cubierto todas las entradas de un bloque de viviendas pegado al mar, enterrado casi un metro. Catherine está tan destrozada como su casa, a la que acaba de volver después de la evacuación. “Ni muebles, ni ropa… Lo he perdido todo. ¿Que ahora qué? No sé qué voy a hacer ahora”, susurra apartando la vista, mirando al mar. Apenas hay olas. Un avión surca en ese momento el cielo.

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20121101-201254.jpg Michael descansa sentado en un camión junto a otro compañero, también Michael. “Quedan muchos días todavía por delante para poder volver a la normalidad, si es que podemos”, asegura el primer Michael, un alemán que no sabe quién es Angela Merkel. Llevan día y noche sacando agua y retirando arena. Louis y su vecino desempañan todos los cristales de los bajos. La marca de agua, de casi dos metros, se ha quedado grabada en la pared. En una parada de autobús espera Rose, una chica de 25 años. Vive en un cuarto y su casa está bien, pero ha perdido toda la semana de trabajo, su sustento. “Y he pasado mucho miedo”, añade. Una noria de un parque de atracciones permanece quieta entre escombros, a la espera, quizás, de poder empezar de nuevo a dar vueltas.

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