Camino por la Octava Avenida, de vuelta a casa para comprar provisiones. Una camarera cuelga un cartel en un Starbucks: “Due to Hurricane Sandy, we will be closing at 3 p.m. We apologize for the inconvenience. Stay safe and dry!”. Son las tres menos cuarto. La gente continúa aparentemente normal dentro de las cafeterías, con sus ordenadores, teléfonos y Ipads, pero se comienza a ver, o a sentir, un paisaje distinto fuera: decenas de personas cargan a dos manos bolsas de plástico llenitas hasta arriba. Los transportes públicos dejan de funcionar a las siete de la tarde y Obama está a punto de declarar el estado de alerta en Nueva York. Comienzo a pensar que, como la vida, va a resultar que esto también iba en serio. Y sigo hacia el súper con más diligencia. De repente, empiezo a oler a incienso, y a escuchar cornetas y tambores. Estiro un poco la cabeza para ver si veo algo más entre las manadas de personas y los taxis amarillos, y veo un ¡paso de Semana Santa!, con sus flores y su cristo, entre los rascacielos. ¿Pero esto no pasaba sólo en Sevilla? Con todo el arte del mundo, el Cristo se pasea por la Gran Manzana, un 28 de octubre. Ni Sandy ni Sanda. Lo llevan costaleros al hombro, todos hombres, vestidos con túnicas moradas, con capa, sin capirote, con corbatas. Las mujeres, con mantilla blanca, rezan cantando. Es el Cristo de los Milagros, de la hermandad peruana de Nueva York.

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Sale desde hace 41 años en Manhattan, muy cerquita de Times Square, todos los cuartos domingos de octubre. Lo sacan de su parroquia, la de San Benito, en la calle 53, pasean por la Novena hasta la 49, y suben por la Octava hasta llegar de nuevo a la iglesia. La Policía de Nueva York dirige el tráfico y tiene cortado sólo el carril por donde circula la procesión. La hilera de gente que acompaña al señor va acotada por una soga, para que nadie salga a la zona por donde pasan los coches. Los costaleros no saben qué son los costaleros. “¡Ah!, aquí nos llamamos cargadores”, dice Mario, que lleva 24 años en Nueva York. Ahora está descansando. Se van turnando por grupos. Son diez cuadrillas de entre 30 y 40 hermanos (que no hermanas) cada una. “He conseguido aquí lo que no pude tener en mi país”, cuenta con los ojos llorosos, mirando al cristo. Le hablo del Gran Poder y de La Macarena y de los llantos de sus hermanos cuando la lluvia les impide salir. “Aquí no recuerdo ninguna vez que no haya salido. Hoy terminaremos dos horas antes por el huracán”, añade José, también cargador. ¿Cómo se llama?, le pregunto a otro hombre también vestido de morado. “Cristo de los Milagros”, responde. Me refería a usted, le digo. Suelta una carcajada. “Cristian, yo soy Cristian”. También se emociona recordando su país. Me mira a los ojos y dice: “La fe que yo tengo es más grande que ese rascacielo”.

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