De nuevo Steinbeck, Las uvas de la ira, más actual que nunca, en la versión cinematográfica de John Ford. La madre, la actriz Jane Darwell, espléndida.

Hijo: 20 días de trabajo. Qué bien.

Padre: Me alegrará llenarme las manos de algodón. De recoger eso sí que entiendo.

Madre: Quizá. Quizá 20 días de trabajo y quizá ninguno. Hasta que no lo vea no lo creeré.

Hijo: ¿Qué pasa? ¿Tienes miedo?

Madre: ¡Miedo! Nunca más volveré a tener miedo. Lo tuve. Durante un tiempo pensé que estábamos vencidos. Parecía que no teníamos nada más en el mundo más que enemigos. Como si ya nadie fuera amable. Me sentí mal y asustada. Como si estuviéramos perdidos y a nadie le importara.

Padre: Tú eres la que nos haces seguir adelante. Yo ya no sirvo y lo sé. Ahora ya sólo pienso en cómo era todo antes. Pienso en nuestra casa. Ya nunca volveré a verla.

Madre: Bueno, una mujer puede cambiar mejor que un hombre. Un hombre vive como a sacudidas. Nace un niño o muere alguien y es una sacudida. Compra una granja o la pierde y es una sacudida. Para una mujer es una corriente, como la de un arroyo. Hay pequeños remolinos y cascadas, pero el río no cesa de correr. Una mujer lo ve así.

Padre: Quizá, pero estamos recibiendo una buena.

Madre: Lo sé. Ja. Eso es lo que nos hace fuertes. Los ricos llegan y mueren. Y sus hijos no saben qué hacer y se extinguen. Pero nosotros seguimos llegando. Somos la gente que vive. No pueden exterminarnos. No pueden derrotarnos. Duraremos siempre porque somos el pueblo.

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