O lo que es peor: pensaremos, como Lennie, un personaje de Steinbeck que estuvo a punto de morir ahogado por culpa de su amigo, que nos salvaron.

“Yo solía divertirme como un condenado a causa de él. Solía jugarle malas pasadas, porque era demasiado tonto para darse cuenta. Pero era tan tonto que ni siquiera sabía que le habían hecho una broma. Demonios, cómo me divertía. Junto a él me parecía que yo era el tipo más inteligente del mundo. ¿Y cómo no si hacía cualquier cosa que yo le dijera? Si le decía que saltara a un abismo, al abismo se tiraba. Pero al poco tiempo ya no era tan divertido. Y nunca se enfadaba conmigo. Le he pegado hasta cansarme, y él podría romperme todos los huesos del cuerpo con una sola mano, pero jamás alzó un dedo contra mí. Te contaré qué fue lo que me hizo cambiar. Un día estábamos con unos cuantos tíos junto al río Sacramento. Yo me creía muy listo. Me dirijo a Lennie y le digo: “Salta al río”. Y él se tiró. No sabía nadar en absoluto. Estuvo a punto de ahogarse antes de que lo sacáramos del agua. ¡Y me estaba tan agradecido por haberlo salvado! Se olvidó de que era yo quien le había dicho que se tirara al agua. Bueno, desde entonces no he vuelto a hacer cosas así”.

De ratones y hombres, John Steinbeck

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