“¿Quién coño será este tío?”, pregunté mientras el puto tío me ahumaba con un Ducados tras otro. “Creo que es jefe”, me comentó mi amiga Ana Trujillo, becaria como yo. Era el verano del año 2000. El puto tío volvía de sus vacaciones y todo Dios lo saludaba con cariño, con alegría, como si tuvieran infinitas ganas de volver a verle, es decir, como se suele saludar a cualquier persona que no es tu jefe. Cuando al día siguiente abrí El Correo de Andalucía y leí el artículo que ese puto tío escribió mientras me asfixiaba con sus bocanadas de aire negro, comencé a entenderlo todo. Siete años después, me propuso subir a un proyecto llamado Público. No le pregunté casi nada sobre el contrato ni por las condiciones laborales… ¡ni siquiera si había dejado de fumar! La mejor garantía de que iba a seguir aprendiendo era él. Así que acepté sin más, a pesar de la pena y el dolor que a uno le da dejar la casa donde se cría. Hoy, casi doce años más tarde, estoy feliz. Aquel puto tío me ha enseñado lo mejor del periodismo y lo mejor de las buenas personas, es decir, las cosas que no suelen confluir en un puto jefe.

Aquí dejo su texto de hoy, leído por el compañero Fernando Vicente en la Plaza Nueva, donde, convocado por la Asociación de la Prensa de Sevilla, el periodismo ha gritado por su dignidad y la defensa de la verdad:

 

 

 

 

 

 

“No voy a hablar en nombre de Público, al que estos días todavía estamos enterrando y cuyo funeral aún negociamos con la empresa para que resulte lo más digno y aseado posible. Ya se sabe que cuando te has muerto la única ilusión que te queda es que, al menos, te entierren bien.

No hablo en nombre de Público sino en nombre de todos los periodistas, en nombre de los que son de izquierdas, de los que son de derechas o los de que son de sí mismos, de los que ganan mucho o de los que ganan poco, de los que trabajan en medios públicos o de los que lo hacen en medios privados.

Los periodistas somos gente que trabajamos por cuenta ajena pero a la que nos gusta pensar que lo hacemos por cuenta propia. Somos meros asalariados que por algún motivo tendemos a creer que somos otra cosa. Naturalmente, otra cosa mejor o superior a la de simples asalariados.

Aunque parezca lo contrario, ese bien público que es la información bien hecha está cayendo en la irrelevancia, y sus administradores, que somos nosotros, también estamos cayendo en ella. Y la más amarga e inequívoca prueba de esa irrelevancia es que cuando conocemos bien el oficio, cuando tras largos años hemos aprendido a hacerlo medianamente bien, cuando hemos adquirido cierta pericia profesional, entonces nadie nos contrata.

Mientras tanto:

Nos pagan menos y no reaccionamos. Nos despiden y no nos inmutamos. Nos multiplican las tareas y no nos indignamos. El mundo que alguna vez fue nuestro se derrumba a nuestro alrededor y actuamos como si ese derrumbamiento no fuera con nosotros.

Lo que necesitamos de una maldita vez es un instrumento colectivo de presión que sea eficaz y representativo de toda la profesión, una asociación, un colegio, un sindicato, lo que sea, pero algo que nos represente colectivamente y que tenga una cierta capacidad de intimidación ante las empresas. Ante todas las empresas. No sólo ante las que son públicas o ante las que son grandes o ante las que tienen comité.

Necesitamos meternos en la cabeza la idea elemental de que somos asalariados de la información y de que la única manera de defender nuestro trabajo es tener fuerza colectivamente. No hay otra manera. Nunca la ha habido. Los trabajadores que nunca han creído ser otra cosa que trabajadores lo saben bien. Lo saben desde siempre. Nosotros también deberíamos empezar a saberlo de una vez. Esta profesión debería empezar a aspirar a algo más que a tener un buen entierro el día de mañana. Y debería aspirar a ello aunque sólo fuera por esta razón: porque el día de mañana ya ha llegado y los enterradores están llamando imperiosamente a nuestra puerta”.

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