“Quiero estudiar Tecnología en la Universidad y necesito el dinero para poder hacerlo en mi país”, me contó, en enero de 2009, George Mendy, un joven gambiano que había llegado a España cinco meses antes. Pronunció esas palabras con una sonrisa mientras me enseñaba el váter oxidado y sin cisterna de su casa, un almacén mugriento sumergido en plásticos de invernaderos, en Las Norias, entre El Ejido y La Mojonera (Almería). Sólo había un baño para 35 compañeros. De Guinea Bissau, Gambia, Senegal y Guinea Conakry, dormían repartidos en siete habitáculos húmedos, la mayoría sin ventanas. George lo hacía con Sang, en un mismo camastro, sin apenas mantas. Tuvieron que comprar un calentador para no ducharse con agua fría. No tenían frigorífico, ni comida con que llenar algún estante desvencijado. Protegían el almuerzo de las moscas, generalmente sopa, en un horno estropeado. Comían de la olla o del mismo plato, una palangana. Y, según aseguraron entonces, cada uno pagaba 40 euros al mes en concepto de alquiler a un empresario. En total, 1.400 euros por una casa con las tripas fuera. Vigas por paredes y cemento por suelo. Seis botellas de detergente líquido para baldosas se morían de pena. Olía a todo menos a brisa marina. Allí, mi amiga Laura León soltó su cámara, se remangó y se puso a cocinar, con la ayuda de George, las patatas más ricas que he comido en mi vida.

Hoy, tres años después, George continúa contándonos cómo lo trata este mundo. “Estoy estudiando en el centro de adultos de Santa María del Águila (un pueblo cerca de El Ejido) para intentar sacarme el título de la ESO para poder seguir estudiando porque los títulos de mi país no se pueden convalidar aquí en España. También estoy trabajando en el campo y a la vez estudiando en la autoescuela para intentar sacarme el carnet de conducir. El año pasado estaba impartiendo clases de informática como voluntario en el centro de acogida donde estudié el castellano. Este año no puedo seguir ahí porque estoy estudiando y no me da el tiempo”, explica por email. Aquí escribe sus sensaciones. George es, sin duda, un ejemplo de esfuerzo por la superación, de afán por aprender y de capacidad para vivir en la penuria, solo, sin derrumbarse, con dignidad. Cuando lo conocimos, nos dijo que tenía 25 años. Era mentira. Tenía 17 y mucho miedo. Hoy tiene 20 y mucha fuerza.

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