Rosario Valpuesta, la primera rectora andaluza, ha dedicado su premio Meridiana, concedido por la Junta de Andalucía, a todas aquellas mujeres que permitieron, que provocaron, que hoy estemos donde estamos. Y se ha referido específicamente a las mujeres que han luchado “sin reconocimiento, desde sus casas, desde sus peroles, desde el silencio de la violencia, de forma callada” para transformar el mundo. He pensado automáticamente en mi madre, a quien le dedico esta entrada, y en la madre de Manuela Reyes y en la de Rosa Villegas y en la de Ana Trujillo y en la de Fátima Ruiz y en la de Patricia Rodríguez Pagés y en la de Olga Benítez… y en la de tantas otras compañeras que son hoy independientes gracias al esfuerzo de esas mujeres incansables, absolutamente imprescindibles en una sociedad democrática.

Hace justo un año, escribí un reportaje sobre estas heroínas junto con mi compañera Anna Flotats en Público, un periódico imprescindible también en la lucha por la igualdad. Hoy reproduzco aquí tres historias de madres e hijas andaluzas. Para ellas, también, todo mi reconomiento.

Madres sin estudios con matrícula de honor

Puede que nunca hayan pronunciado la palabra feminismo. Y es seguro que no han acudido a ninguna manifestación por los derechos de la mujer. No han dado discursos, no han recogido premios, nadie las ha felicitado. Son invisibles en la sociedad. Han trabajado como bestias en su casa y no han recibido sueldo alguno por ello. Y desde ahí, sin embargo, han hecho una revolución en voz baja, peleando por la igualdad casi sin saberlo, como aquel personaje de Molière, que de pronto se enteró de que llevaba toda su vida hablando en prosa. Hoy sus hijas son economistas, médicas, periodistas, profesoras… y tienen la vida que ellas no pudieron alcanzar. Son madres sin estudios. Muchas ni han pisado el colegio. Pero su esfuerzo merece, sin duda, matrícula de honor.

Ana reyes

Nacida en Los Corrales, un pueblo jornalero de Sevilla, Ana Reyes se crió en el campo, en una casita sin luz ni agua, “como la de Heidi”, hasta los 15 años. No ha pisado más escuela que la de adultos. “Trabajé en la fábrica de mantecados, en Estepa, en una de conservas en Navarra; cogiendo aceitunas en Jaén y me instalé en Sevilla con el rechazo de mi padre, que me decía que dónde iba a ir sola”, recuerda mientras toma un café con su hija Manuela, que acaba de terminar un máster en Madrid. Es periodista. Su otra hija, Ana, ha vuelto a España tras pasar cinco años en Londres dirigiendo el departamento de una agencia de viajes. Ahora trabaja para una aerolínea internacional. “Yo he nacido con todo hecho. Mi madre me ha educado con la filosofía del esfuerzo y la responsabilidad, y no me dio otra alternativa que no fuera la de estudiar. Ese era mi trabajo”, explica Manuela. Se emociona cuando dibuja la línea evolutiva entre la vida de su madre y la suya.

Su padre, transportista, emigró a Alemania. “Me decían que mi novio se iba a echar una novia allí y yo decía que muy bien, que yo buscaría a otro aquí”, dice riendo Ana, una mujer luchadora que ha cuidado de su madre, de su suegra y de toda su familia en un piso de 59 metros cuadrados. Aún hoy, sin necesitarlo, sigue trabajando limpiando casas. Le gusta ser independiente: “No es igual ir tirando de una pensión que decir este es mi dinero”. Y a pesar de toda su tenacidad y haber sabido transmitírsela a sus hijas, aún duda: “No sé si lo habré hecho bien”. La respuesta se lee en los ojos grandes y limpios de Manuela: “Infinitamente bien”. (El autor de la foto es Raúl Caro)

Paqui portero

Deja claro desde el principio que es feliz. Y se la ve feliz. Paqui Portero cuida de una de sus nietas mientras realiza la entrevista. No estudió porque su padre no quiso que saliera de Huelva. “Allí sólo había Magisterio y a mí no me gustaba; si hubiera nacido ahora habría estudiado porque la ignorancia es el mal de todos los males”, asegura. Tuvo claro que sus hijos tenían que hacer lo que les gustase. Y el día que se licenciaron los cuatro, lo vivió como una fiesta. Su hija Cinta, por ejemplo, es economista. “Mi madre siempre nos ha inculcado la importancia de no tener que depender de ningún hombre ni de nadie, y lo ha logrado”, reflexiona.

Paqui ha vivido y vive al servicio de su familia. Siempre ha acompañado a su marido, dedicado a la banca, allá donde tenía que viajar. “Es una mujer extraordinaria. Cogía los bártulos y a sus niños, y empezaba de nuevo con ganas e ilusión, como ahora hace con sus nietos”, añade Cinta.

Recorrieron Andalucía y vivieron en Paraguay cinco años. “Eso ha ayudado a mis hijos a valorar las cosas, conocer otras culturas…”, continúa Paqui. Ahora ve reflejado en ellos todo lo que ella no alcanzó. “Son mi mayor premio”, afirma rebosante de alegría. Es lo único en lo que sus hijos no le dan la razón: “Ella es nuestro premio”.

Carmen Bernal

Lo cuenta su hija Águeda: “Mi madre se sacó el carné de conducir ya de mayor, pero no coge el coche porque no tiene uno propio”. Águeda, que acaba de aprobar el MIR y espera plaza para estrenar su título de Medicina, se compromete entre risas a comprarle uno. Carmen Bernal siempre ha sido ama de casa. Su único trabajo remunerado fue en una sastrería desde los 15 a los 20 años, donde ganaba siete duros, hasta que se casó con su marido, pintor de brocha gorda. “Siempre he tenido la ilusión de trabajar fuera, pero no pudo ser. Siempre he estado en la casa metida, criando a mis hijos”, cuenta.

El mayor, Álvaro, doctor y a un paso de ser profesor universitario, acaba de escribir un libro. “Ella nos hacía toda la ropa en su máquina de coser Singer”, recuerda con cariño su hijo.

Carmen nació donde continúa viviendo, en Los Palacios (Sevilla), un pueblo especialmente castigado en el franquismo. Entonces nadie pensó que aquella casa humilde se llenaría de libros.

Anuncios