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Una vez, no hace mucho, un tipo conocido en Sevilla me amenazó con “ir” a mi jefe porque publiqué unas declaraciones suyas que no lo retrataban muy bien. Yo, aguantándome la risa y sin creer a la vez lo que ese tipo me estaba diciendo, lo animé a hacerlo. No lo hizo, pero tampoco desistió. Me escribió un email en el que daba a entender, con un tufo paternalista insoportable, que había hecho mal mi trabajo. Y, atención, ¡me pedía que no le dijese a nadie que me había escrito tal cosa! Ese tipo era periodista, como el ya expresidente de la Asociación de la Prensa de Granada. Ese tipo también sacó una correa, la de la intimidación. En mi caso, no le sirvió de nada. De nada más que para echarme unas risas con mi jefe. Y eso es lo que les molesta a los tipos como estos: saber que no nos pueden recluir en casa, que no nos pueden tratar como a menores y, mucho menos, hacernos sentir miedo. Justo lo que interpreto que intentó ayer el ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, con sus declaraciones sobre la mujer y el aborto: sacar la correa.

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