Feria en la oficina del paro

19 de abril. 11 de la mañana. Oficina del paro.

Acto I: Una señora de unos 50 años intenta hacer un trámite por internet en un ordenador de la sala. No sabe manejar la máquina y pide ayuda a una empleada, que lleva charlando diez minutos con una compañera. La oficina está casi vacía. Es la feria de Sevilla. La empleada se acerca a la mujer de 50 años, mira la pantalla del ordenador y dice: “Yo no soy del Sepe. Soy del Sae”. Y se vuelve a charlar con su compañera. De sus cosas. La mujer se queda con cara de: “¿Que no eres de qué? ¿Que eres de dónde?”. Y ni el Sae, ni el Sepe ni Dios se acerca a ayudarla.

Acto II: “Perdone, tengo cita a las once y media. Pero me han puesto una entrevista de trabajo a las doce. ¿Me puede atender en un momento ahora?”, suplica un hombre suramericano a un empleado de la oficina. “Ahora no puedo, salgo a desayunar. Venga a las once y media y le atiendo sin retrasos”, le responde. El hombre agacha la cabeza, aguarda unos segundos sin saber qué otra cosa hacer y cuando vuelve a subir la cabeza, el empleado ya no está.

Acto III: El guarda de seguridad indica a una chica que tiene que pedir cita por internet. “¿Tengo que pedir cita?”, le pregunta. “Sí, a ver si hay suerte y te dan cita para hoy”, le responde. “¡Pero si no hay nadie!”, insiste la chica, que opta por reírse ante esa situación absurda. “Mira, para ahora a las once te la dan”, resuelve contento el guarda. Veinte minutos después, su nombre sigue sin salir en la pantalla. “¿Todavía no has pasado? ¿Perteneces seguro a esta oficina?”, pregunta el guarda, ahora sí sorprendido ante el retraso. Se acerca a las empleadas y, unos minutos después, la chica lee su nombre en la pantalla. “Niña, te tengo que dejar, si cambiáis de planes o lo que sea me avisáis, ¿vale? O si vais por la noche”, dice con el teléfono fijo pegado a la oreja la empleada que la va a atender. Dos minutos después, la empleada sigue con el teléfono en la oreja. “Vale, vale. Pues sí vais me avisas. Te tengo que dejar. Hasta luego”. Y cuelga. Por fin.

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“Decidme si esto no es para llorar”

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El alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido (PP), considera una ofensa para los sentimientos de los sevillanos que Mongolia, una revista satírica, haya usado esta imagen de la virgen. Lo ha expresado en Twitter esta mañana, bien tempranito: “La libertad de unos termina donde empieza la de otros. ¿Hay necesidad de ofender los sentimientos de los sevillanos?”, escribió en la red social. “Pienso lo mismo que tú. Me parece una falta de respeto muy grave y sobre todo innecesaria y gratuita”, le respondió a otro tuitero que considera que se ha profanado una imagen santa.

Respeto profundamente las creencias de todo el mundo y puedo hasta entender que haya personas, incluido Zoido, que se sientan molestas por esta imagen. Lo que no entiendo y lo que me ofende como ciudadana es que un alcalde, un lunes, a las diez de la mañana, esté preocupado por un cartel de una revista satírica -que algún tuitero considera hasta simplón-. Me ofenden los políticos que no gobiernan. Me ofenden los políticos que nos toman por idiotas. Me ofenden los políticos que nos roban. Me ofenden los políticos que se esconden y no dan la cara, los que no responden a los periodistas, que es como si no respondieran a los ciudadanos. Me ofenden los políticos que mienten. Me ofenden los políticos que no escuchan. De izquierdas, de derechas, del más allá. Me da igual. Me ofenden.

Una ofensa me parece que haya casi seis millones de parados en España, que la gente no tenga un techo y tenga que buscar ayuda hasta para comer. Me ofende que la sanidad pública deje de ser universal. Que un vicerrector tenga que pagar la matrícula a un alumno para que no abandonde la carrera… Me ofenden los recortes de derechos, las desigualdades, que detengan a una periodista mientras realiza su trabajo… Todo eso me ofende. Sí, tiene la razón la virgen: “Decidme ustedes si esto no es para llorar”.

¿Perroflautas?

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“¡Nos nos vamos a estar callados como si estuviéramos en misa! Encima que me están robando me tendré que desfogar, ¿no?”, exclama una señora de unos 50 años a un policía que se empeña en explicar, sin éxito, cuál es su trabajo. “Señora, yo obedezco a un Gobierno legalmente elegido en las urnas. Si a usted mañana le pasa algo, vamos a defenderla, y lo mismo pasa con esto”, le responde el agente. “¿Defender? ¿Y qué le pasa al Gobierno para que lo tenga que defender la policía?”, replica otro señor de aproximadamente la misma edad que el agente, unos cuarenta y tantos años.

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Había pocas personas, unas 150 concentradas frente a la sede del PP andaluz, en la calle San Fernando, en Sevilla. Pero muchos de ellos eran hombres y mujeres mayores, hartos de la corrupción, cansados de que los tomen por tontos. “Y luego dirán que somos perroflautas”, aseguró uno de ellos. Varias chicas adolescentes ven el revuelo y paran a preguntar. “Esto es una protesta contra el Gobierno, contra Rajoy y los políticos corruptos, que nos roban y, mientras tanto, dejan que la gente se quede en la calle, sin casas”, resume una mujer de 50 años al grupo de chicas. ¿Pero por qué estáis aquí, en este sitio?”, pregunta una de ellas. “Porque esta es la sede del PP”, aclara la señora. “Ah, pues nos parece muy bien, vaya vergüenza”, dice otra. Y se marcharon todas juntas.

“Poneos guapos, poneos guapos”, se escucha entre los concentrados. Un policía de los 13 que custodiaban la sede del PP comienza a grabar la protesta con una minicámara. Al inicio, los agentes habían pedido a las personas con dispositivos móviles que no tomaran imágenes. “¿Por qué?”, preguntó un señor. “Porque tengo derecho a mi imagen”, respondió un policía. Los ciudadanos, no obstante, continuaron con sus vídeos y fotos sin mayor problema. “Es que ya está bien, donde tenéis que investigar es ahí dentro, a Rajoy, a Bárcenas y los sobres con dinero negro. Ni que fuéramos a meterle fuego a la sede”, insiste otra señora. En otro grupo, un hombre debate con dos mujeres sobre los empresarios, la corrupción y la honestidad. “Yo quiero saber quién se ha beneficiado de la amnistía”, concluye. Sí, hombre.

Esto solo tiene un nombre: justicia

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Son las diez de la mañana. Doblan las campanas en Gerena, donde hace 75 años fueron fusiladas 17 mujeres inocentes, las 17 rosas andaluzas. Salen a la calle con dignidad, una a una, metidas en sus cajitas: Eulogia Alanís García, Ana María Fernández Ventura, Antonia Ferrer Moreno, Granada Garzón de la Hera, Granada Hidalgo Garzón, Natividad León Hidalgo, Rosario León Hidalgo, Manuela Liánez González, Trinidad López Cabeza, Ramona Manchón Merino, Manuela Méndez Jiménez, Ramona Navarro Ibáñez, Dolores Palacios García, Josefa Peinado López, Tomasa Peinado López, Ramona Puntas Lorenzo y Manuela Sánchez Gandullo. Suben a dos coches fúnebres. Ocho en el primero, nueve en el segundo. Están tranquilas. Se sienten acompañadas, queridas.

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Decenas de coches escoltan a las 17 rosas hasta Guillena, su pueblo, donde los falangistas las pelaron, las obligaron a tomar aceite de ricino y las pasearon después de llevarlas a misa. De eso hace, repito, 75 años. Hoy vuelven a pasear por la misma calle Real donde fueron humilladas. Pero hoy lo hacen sin miedo, con la cabeza bien alta y animadas por los gritos espontáneos de ¡Viva la República!

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A las once y media llegan al cementerio, repleto de familiares, amigos y vecinos. Escuchan a sus hijos, nietos, hermanos, sobrinos… Y al niño de ocho años, hoy con 83, que las vio morir como animales. Poemas, palabras, canciones… “Yo he llorado ya todo lo que tenía que llorar”, dice Antonia, hija de Ramona, mientras se limpia los ojos con un pañuelo.

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Las 17 rosas, amontonadas durante 75 años en un agujero, entran en sus nichos, cada una en uno, todas unidas en un panteón. Están orgullosas de haber muerto por defender la libertad y se despiden de su pueblo con un mensaje: esto solo tiene un nombre, amigos. Esto se llama justicia.

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“Vine como periodista y me voy como periodista”

Antonio Ramos Espejo no ha ido hoy a la Facultad de Comunicación de Sevilla a recoger una placa. Antonio Ramos Espejo, homenajeado junto a tres profesores jubilados más, ha acudido hoy a la Facultad de Comunicación de Sevilla a hacer lo que ha hecho siempre, dentro y fuera de sus aulas: defender el periodismo. “No podemos ahora, ni como periodistas ni como profesores, mirar hacia otro lado, mirar a las estrellas. Tenemos la obligación de denunciar la situación que desde hace años viene destruyendo, empobreciendo, la profesión periodística y afrontar una mínima autocrítica, si se me permite, sobre la formación de los periodistas”, dijo en un discurso que hizo a varios asistentes removerse en sus sillones, poco acostumbrados a oír la palabra autocrítica en casa y tan de cerca. “He oído en exceso que una Facultad o la Universidad, en general, no está para preparar alumnos, profesionales, para el mercado de trabajo; sino para formarlos como pensadores. ¿Solo para eso? Me pregunto: ¿Cómo y para qué se forman a los futuros médicos, abogados, ingenieros, arquitectos…? Se les prepara para ser médicos, abogados, ingenieros, arquitectos… para que intervengan en hospitales, en los tribunales de justicia… Pero ¿cómo se forma, con qué criterio e intensidad, a un periodista?”.

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Con Antonio Ramos Espejo, los alumnos no escribíamos para tomar apuntes. Escribíamos para contar una noticia, para denunciar una injusticia en un reportaje, para darle voz a alguien a través de una entrevista, para aportar nuestra visión sobre un conflicto en un editorial… Para eso escribíamos, para aprender a ser periodistas, no para aprender a ser pensadores. “Me sentí útil y plenamente realizado, como un redactor jefe encargando o haciendo directamente con los alumnos páginas como si fueran a editarse en un periódico… No se trataba de aprobar o suspender, sino de enseñar, formar, para que cuando estos alumnos llegaran a una redacción estuvieran a la altura de las circunstancias”, continuó el reportero Ramos Espejo, director de varios periódicos en su trayectoria profesional y autor de investigaciones como el caso Almería. “Me he sentido con los alumnos más que como profesor, como periodista, su futuro compañero de profesión”, añadió. Muchos de esos alumnos, a los que no olvidó citar en su discurso, son hoy ya sus compañeros de profesión: como la admirada Carmen Rengel, corresponsal en Jerusalén, o el aventurero Manuel Ruiz Rico, buscador de historias en Etiopía, Panamá o donde haga falta.

“Me he rebelado siempre contra la sinrazón, las injusticias… en los más de cuarenta años de profesión en los medios por donde he pasado y, por supuesto, en los años que he pasado en esta Facultad. Y detesto, sobre todo, la indefensión en la que se encuentran muchas veces los alumnos por historias”, denunció también. “Siempre en su sitio” -como previamente lo había definido el decano de la Facultad, Antonio Checa Godoy- Antonio Ramos Espejo fue claro y rotundo, elegante y contundente. Y lo más importante, sincero consigo mismo, lejos de pompas y academicismos absurdos: “Vine como periodista y me voy como periodista. Porque un periodista nunca se jubila. Un reportero es reportero hasta el final”.

Una mujer llamada Andalucía

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*** Publicado en Publico.es

“Andalucía, si fuera persona, desde luego sería mujer”. Con esta frase resume Mercedes de Pablos, concejala en el Ayuntamiento de Sevilla, la similitud y la simultaneidad entre la lucha por la igualdad y la lucha por la autonomía de una comunidad maltratada, humillada y relegada tras 40 años de dictadura. A Mercedes de Pablos, que peleaba entonces por ser tan buena periodista o mejor que sus compañeros hombres, la llamaban la niña. A Andalucía, la trataban como si fuera más pequeña y menos talentosa que las denominadas comunidades históricas. “Y claro, cuando tú dices la niña y ves aparecer a Mercedes de Pablos, que cuando abre la boca, que cuando escribe… demuestra que es una potencia del periodismo, pues dices, llámela doña Mercedes, por favor”, reflexiona María Esperanza Sánchez, veterana periodista que aquel 4 de diciembre ya trabajaba en la SER. Ese día, el pueblo salió a la calle para que a Andalucía la llamaran doña Andalucía y todos los que allí se manifestaron comenzaron a entender que aquello no era una cosa de hombres, como todo lo anterior; aquello era, tenía que ser ahora, una pelea compartida.

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“La lucha por la autonomía suponía un salto impresionante en la lucha por la igualdad, que estaba saliendo de la clandestinidad. Los hombres y las mujeres que se echaron a la calle sabían que el futuro tendrían que construirlo entre todos”, añade Sánchez, que tiene grabada todavía hoy una escena en su corazón: una mujer bajaba por una calle del centro de Sevilla, vestida de negro como lo hacían aún las mujeres mayores de los pueblos. Llevaba una toquilla sobre los hombros, también negra y, al brazo, una cesta con algo que tapaba con un pañito. Ya se había conocido cuál sería la “pregunta indecente” que el Gobierno de UCD haría a los andaluces en el referéndum, pensando que regía la consideración de pueblo atrasado que no sabría qué decir ante aquel interrogante rebuscado y jeroglífico, afirma la periodista. “¿Da usted su acuerdo a la ratificación de la iniciativa prevista en el artículo 151 de la Constitución a efectos de su tramitación por el procedimiento establecido en dicho artículo?”.

Y, sin embargo, prosigue María Esperanza Sánchez, aquella mujer a la que ese Gobierno consideraba tonta ya avisaba de lo que iba a hacer. Lucía sobre la toquilla una pegatina de la bandera de Andalucía con una leyenda en el centro, un reto, una respuesta, una advertencia: “Yo voto sí”. Fueron también las mujeres las que llenaron los balcones, los tendederos, todo artilugio del que se pudieran colgar, para que ondearan al aire, las banderas andaluzas, recuerda con emoción Sánchez. “Fue el primer pueblo del Estado que hizo real el derecho constitucional a decidir y acceder a la autonomía por la vía del artículo 151”, concluye.

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Fueron también destacadas mujeres las que transmitieron lo que en Andalucía estaba sucediendo en esos momentos de efervescencia democrática. “Es muy importante destacar el gran papel que desarrollaron las periodistas, informando, explicando lo que significó ese día 4, festivo, sólo empañado cuando nos enteramos más tarde de la muerte de Caparrós. Ellas, las mujeres periodistas, fueron el altavoz de la autonomía, la vivieron, la sintieron y la contaron”, resume la primera consejera de la Junta, Amparo Rubiales, hoy presidenta del PSOE andaluz. La combativa Pilar del Río radió en directo la manifestación: “Éramos pocas pero las suficientes para tener brillo propio”. “Vivir todo aquello como periodista fue un privilegio, una suerte y algo que todavía me emociona cuando lo recuerdo como lo más gratificante de todo lo que, profesionalmente y como ciudadana, me ha tocado vivir”, explica María Esperanza Sánchez.

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Margarita Jiménez echaba humo en la redacción de ABC. “Mis vivencias como periodista, y también como mujer, fueron muy profundas. Llevaba en esos momentos un año de mi vuelta laboral-profesional de Madrid, y ABC de Sevilla se volcó con los preparativos de aquella jornada, desde los más pequeños detalles. Por ejemplo, recuerdo la aportación de la familia de Blas Infante con su bandera, que figuraría, llevada por niños, en la cabecera de la manifestación, o al cabildo Catedral que autorizó el repique especial de las campanas de la Giralda”, cuenta Jiménez. “No soy nacionalista, sin embargo, creo que el 4 de diciembre de 1977 se desbordó la propia concepción nacionalista. Por primera vez los andaluces se pronunciaban alto, fuerte y claro, con unidad y solidaridad. No queríamos más pero sí lo mismo que otras comunidades. A mí me pareció, y así lo pensé al subir por las escaleras del Ayuntamiento de Sevilla para la locución de los líderes desde el balcón, que sólo por ver aquello merecía la pena regresar a mi ciudad, y así se lo dije a varios colegas, que hoy, por desgracia, ya no están aquí”, añade.

Camino pedregoso

Aquella fecha arrancaba inexorablemente el camino para seguir trabajando por la igualdad con más fuerza que nunca. La lucha no fue fácil. “Desde el punto de vista de la representación, del liderazgo, de la pancarta y de la presencia institucional, como siempre ocurría entonces y como todavía sigue ocurriendo ahora, la presencia de las mujeres era infinitamente menor”, sostiene Amparo Rubiales. Unos meses después del 4 de diciembre, una jovencísima Marta Carrasco que disfruta recordando el día del referéndum en el Casino de la Exposición, comenzaba a trabajar en El Correo de Andalucía.

Había tanto que hacer por la igualdad como por el desarrollo de Andalucía
Entre las muchas “situaciones” que tuvo que aguantar, destaca esta: “Fui a cubrir una parada militar un día de las Fuerzas Armadas en la Plaza de España, en Sevilla. Pero cuando llegué con todas mis acreditaciones y credenciales, el militar que estaba en la entrada me dijo: ‘No, no, las señoras tienen que ir por aquella puerta’. ¡Y estaban pasando mis compañeros varones periodistas por mi lado! Y le dije, no, no mire usted, y le enseñé mi acreditación, yo soy periodista. ‘No, no, las señoras por aquella puerta’, insistió. Me tiré media hora hasta que pasó el entonces jefe superior de Policía, me conoció y me dijo: ‘Marta, ¿qué haces aquí?’. Pues que no me dejan pasar porque soy mujer y no comprenden que mujer y periodista van juntos”.

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Había tanto que hacer por la igualdad entre hombres y mujeres como por el desarrollo y la modernización de Andalucía. “Fue de las cosas más trabajosas de mi vida, el poder ir en esas listas. Y, además, no estaba previsto que saliera. Y fijaros bien, que era secretaria general del Partido Socialista en Sevilla”, relata Ana María Ruiz-Tagle en el documental Las Constituyentes sobre las primeras elecciones democráticas de 1977. Ruiz-Tagle y Soledad Becerril, de la UCD, fueron dos de las cinco primeras mujeres diputadas andaluzas en esas nuevas Cortes españolas. “Mis compañeros, cuando intervenía, me decían ‘oye Ana, muy bien’. Ah, muchas gracias, pero no me vayas a poner nota, ¿eh? No me vayas a poner nota que yo a ti no te la he puesto”, recuerda Ruiz-Tagle.

La Constitución del 78, con sus virtudes y defectos, desencadenó todo lo demás. Becerril, fundadora de la Ilustración Regional -avanzadilla de la lucha por la identidad andaluza- llegó a convertirse en la primera ministra de la democracia en 1981. Ese mismo año, el Gobierno de UCD aprobó la Ley del Divorcio, no sin la oposición de la derecha. Y también en 1981 se modificó el Código Civil en materia de filiación, patria potestad y régimen económico del matrimonio, “lo cual significó al fin el reconocimiento de la igualdad de la mujer casada”, escribe Rubiales en Una mujer de mujeres.

La Transición y la autonomía andaluza sentaron, por tanto, las bases para la igualdad y la recuperación de los derechos de las mujeres que hoy, desafortunadamente, los recortes económicos e ideológicos impulsados por ministros como Alberto Ruiz Gallardón parecen de nuevo poner en peligro. “De aquello hace 35 años y no se ha logrado lo que muchas aspiramos”, lamenta Jiménez. “Lo que inquieta es la duda de si las jóvenes saben que no solo no está todo hecho, sino que lo conseguido se puede perder si no se está alerta, si no se sigue peleando. Las mujeres siguen estando llamadas a no bajar la guardia”, avisa María Esperanza Sánchez.

Las fotos -Mercedes de Pablos, María Esperanza Sánchez, Pilar del Río y Marta Carrasco- pertenecen a Paco Sánchez

Gracias, querida Carmen

Aquella noche, hace ya más de dos años, fue como las flores que compramos en la Alfalfa Mónica y yo para preparar la gran boda en casa: blanca, limpia, hermosa. Como el amor de los que iban a casarse por el rito inventado de un cura mitad rabino, mitad gitano, mitad palestino, mitad chicarrón del norte. Así fue la noche, como las ganas de estos dos novios por comerse el mundo. Como su sentido de la amistad. Como su pasión por el oficio. Así fue la noche. Como la novia, como Carmen Rengel. El cariño estalló en aquella terraza improvisada -o dio un explotío, como bromeó Patri- hasta convertirse en risa nerviosa. Y en alguna lagrimilla. Y en besos. Y en miradas fugaces. Y en palabras tiernas como las de Parra o versos lindos como los de Manuela. Y en admiración, mucha admiración, como la que demostraron sentir por ella Manolo y María mientras sonaban Paco Ibáñez o el “Yo no quiero un amor civilizado” de Sabina.

No recuerdo cuándo fue la primera vez en mi vida que hablé con Carmen. Pero nunca olvidaré la primera conversación que mantuve con él, con su chico, con Miguel Ángel. Fue en Barcelona. Julio de 2008. Springsteen estaba a punto de salir a darlo todo. “¿Y te gustaría ir a vivir a Sevilla?”, le pregunté absurdamente. “A mí me gusta ella”, me respondió de golpe. No necesité más palabras para saber que, en pocos meses, Carmen se iría a Jerusalén, como siempre había querido.

Y ahí está, sin dejar de pelear un solo día por su sueño. Sus crónicas en Gaza han sido impresionantes, rigurosas y cercanas, como todo lo que hace. Como las grandes historias que contó sin salir de Sevilla. Lo impresionante de Carmen, la lección que nos da Carmen, lo que nos demuestra Carmen Rengel cada día, además de que el periodismo todavía es un oficio lleno de dignidad, es que los sueños… sueños no son. Que son reales si uno los agarra y no los suelta. Gracias, querida Carmen.

*La foto es de la también grande Laura León.

Las brutas

Minúsculas pero musculosas. Así se definen las Brutas. Dirigida por la escritora chilena Lina Meruane, Brutas Editoras, una pequeña editorial fundada el año pasado, es un buen ejemplo de que la imaginación y las ganas siguen venciendo a los Goliats en tiempos de crisis. Trabajan simultáneamente desde Santiago de Chile y Nueva York, la Gran Manzana, a la que -dicen- tienen “bien agarrada por los dientes”. No reciben financiación pública pero tampoco la rechazan: “La buena lectura debería ser un derecho constitucional globalizado”, defienden. Ya tienen dos colecciones -una de novela gráfica de corte autobiográfico y otra de relatos- y hace unos días presentaron una tercera en la librería McNally Jackson, en Manhattan: Destinos Cruzados.

“Se trata, por un lado, de poner en circulación textos en español desde Nueva York y, por otro, la idea es reunir a una escritora y a un escritor y producir dos miradas, que son miradas de género diferente, sobre un lugar que no les es propio, que sólo a medias les es propio”, explicó Meruane delante del español Enrique Vila-Matas y la argentina Sylvia Molloy, unidos por Francia.

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Ellos son los autores del primer libro de esta serie, titulado [Escribir] París. “Ni Vila-Matas ni Sylvia sabían qué había escrito el otro; el lugar donde los textos se encuentran marca el título”, añadió. “Si lo hubiera sabido, habría escrito mi parte mejor”, bromeó Vila-Matas. Dos extranjeros en París hablando a extranjeros en Nueva York. Los próximos destinos cruzados serán Japón, Berlín y Chile.

El vendedor de Obama

Seis de noviembre de 2012. Una mujer coreana se acerca a una montañita de periódicos, sobre el suelo, en una esquina helada de Central Park. “Obama takes oath, and nation in crisis embraces de moment”, lee en la portada del New York Times. ¡Las elecciones son hoy!”, dice gritando, sin dar crédito, y se va. A Emilio, un yugoslavo que vende banderas de todo el mundo -Palestina incluida-, no le da tiempo a explicarle que es el periódico de hace cuatro años. “Así cogió Obama el país, destruido por Bush, en crisis”, cuenta de forma serena. El New York Times de entonces costaba 1,5 dolares, uno menos que ahora. A diez los vende Emilio, amarillentos y camino de convertirse en reliquias -como el iphone 3 anunciado dentro-. Los compró entonces pensando en hoy.

20121107-005139.jpg Emilio tiene una barba blanca de pico larga, unas gafas colgadas al cuello y un pen, y lleva un pañuelo palestino y una gorra de Obama. Cuatro años más para Obama. “Este no es Bush, que sólo quiere el poder por el poder. Hay una serie de gobernantes que están como drogados del poder. Son unos dictadores, como Hitler, y como tantos otros dictadores de África puestos por estos gobernantes de EEUU que exportan esa adicción de poder”, continúa y suelta una carcajada. ¿Conoce a Franco? “Sí, el generalísimo, un fascista”, responde. “Obama no, Obama ayuda a la gente, y estoy contento porque va a ganar”, concluye.

A Emilio lo detiene la policía bastantes veces por vender banderas en la calle, cuando en realidad lo que hace siempre es vender las bondades de Obama. “Pero este es mi trabajo”, dice. Y antes de comenzar su jornada se fue a su colegio electoral de Queens, donde vive, y votó por el presidente. Saca orgulloso el resguardo de su cazadora roja, abrochada hasta arriba. “Yo sé que va a ganar, tiene que ganar”, insiste. Hoy ha vendido menos New York Times viejos que chapas e imanes de Obama. Un señor se acerca y compra dos banderas de cuatro dólares cada una, medianas: la de EEUU y la de Japón. No está muy de acuerdo con la gestión de Obama ni el discurso de Emilio y se va.

El frío se mete por los huesos y Emilio se encorva con dolor de espalda. Pero instantáneamente vuelve a hablar de su presidente. Cree en pocas cosas salvo en Obama. Sonríe irónicamente cuando escucha que Armstrong pisó la Luna. “La gente se lo cree todo únicamente porque sale en la tele o lo escucha en la radio. ¿Como la invasión marciana de Orson Welles? “Exacto”, grita. “Aquí las teles están diciendo que Nueva York está destruido, pero ¿tú ves destrucción?”, pregunta atusándose la barba. Su teoría es que cancelaron el maratón para que el mundo no viera que Manhattan vive encendida y gastando dinero en las tiendas lujosas de la Quinta. “Me gusta todo de Obama pero no ese punto Orsonwelles”, añade riendo. El año pasado, ese mismo domingo maratoniano, ganó 600 dólares vendiendo banderitas. El pasado domingo, no consiguió ni 50. Mañana no trabajará: “Va a hacer un día infernal de lluvia y nieve, me quedaré en casa celebrando la victoria”. Porque como todos sabemos, Obama, a pesar de las predicciones eruditas, volvió a ganar. Emilio no se equivocó. Lo mejor está por venir, gritó por la noche su presidente.

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